
El Búho y el Armario Mágico de Libros de la Escuela Europea de Alicante
En la Escuela Europea de Alicante, la mañana comenzaba como tantas otras veces: el sol ya estaba alto en el cielo y en el patio reinaba una alegre actividad. Pero muy arriba, en el árbol junto a la mesa de ping-pong, un búho estaba sentado, moviendo la cabeza pensativo.
Era Elara.
Elara no era un búho cualquiera. Era una lechuza mensajera. Desde hacía muchos años observaba el camino de los libros por el mundo. Y últimamente había notado algo extraño: por todas partes veía volar a otras lechuzas mensajeras. Con bolsas pesadas. Llenas de libros. Libros que volaban de Alemania a España, de España a Francia, y luego de vuelta otra vez… y a veces incluso recorrían exactamente el mismo camino una vez más.
A Elara le parecía maravilloso que se leyera tanto. Al fin y al cabo, los libros eran algo muy especial. Amaba las historias, sin importar en qué idioma estuvieran escritas: alemán, inglés, español o francés. Pero cada vez se preguntaba más a menudo si todos esos largos vuelos eran realmente necesarios.
¿Por qué tantas lechuzas tenían que volar tan lejos si los libros ya estaban allí?
¿Por qué los mismos libros debían viajar de un lado a otro si podían simplemente pasarse de un niño a otro?
Pensativa, Elara miró hacia el patio del colegio. Allí, cerca de la entrada, había nuevos armarios coloridos. Y en ese momento lo supo: aquel no era un armario cualquiera. Contenía algo mágico; cualquiera que lo hubiera mirado alguna vez podía sentirlo.
Hoy era el día en que los niños descubrirían por fin la historia que se escondía tras ese armario. El búho Elara, que siempre había velado por él, revoloteó hasta la rama de un árbol y miró a los niños con sus ojos atentos y sabios.
—Me llamo Elara, la guardiana de este armario, y hoy quiero contaros un secreto —comenzó, con una voz tan tranquila y sabia como el viento que susurraba entre las hojas—.
—He oído que a muchos de vosotros a veces os resulta difícil encontrar un libro en vuestra lengua materna. Venís de muchos países diferentes: quizá habléis español, inglés, alemán o francés. Y aunque cada semana podéis sacar un libro nuevo de la biblioteca del colegio, a menudo no encontráis exactamente lo que os interesa. Y sin mencionar la cantidad de energía que se necesita para enviar libros una y otra vez a grandes distancias, de Alemania a España y de vuelta. ¿No es un poco absurdo?
Los niños asintieron. Amira, que acababa de mudarse de Alemania a Alicante, se preguntaba a menudo por qué siempre había que pedir libros de su país de origen, cuando podrían estar directamente allí.
—Exactamente —continuó Elara—. ¿Por qué tanto esfuerzo? ¿Por qué traer libros una y otra vez desde lejos, cuando podemos compartirlos aquí mismo?
El búho descendió con elegancia y aterrizó justo delante del armario.
—Mirad este armario —dijo—. Es la clave de una idea mucho mejor. En lugar de pedir libros que viajan por países enteros, podemos compartirlos. Podéis venir en los recreos o después de clase para coger un libro o dejar otro. Así, los libros pasan de mano en mano, sin tener que viajar durante horas por el mundo.
Los niños miraban fascinados el armario, lleno de lomos de colores y títulos muy variados. Elara continuó:
—Cada lunes, cuando traigáis vuestros propios libros, podéis descubrir nuevas historias. Podéis llevaros un libro cuando queráis: en el recreo, a la hora de comer o después de clase. Y cuando lo hayáis terminado, lo devolvéis, para el siguiente que quizá lo necesite.
Luis, gran aficionado a las historias de aventuras, miró un libro que nunca había visto antes.
—¿Pero qué pasa si lo devuelvo y otra persona quiere exactamente el mismo libro?
—¡Ese es el verdadero hechizo! —exclamó Elara, abriendo las alas—. Cuantos más libros intercambiéis, más se convertirá este armario en un lugar de intercambio. Un libro de Alemania puede acabar aquí en España… ¡y quizá alguien en Francia lo lea antes de que regrese! Y lo mejor de todo: ayudáis a ahorrar recursos y a proteger el planeta, sin sobrecargarlo con transportes innecesarios. ¿Por qué enviar libros de un país a otro si pueden compartirse directamente aquí? No se trata solo de leer, sino también de cómo cuidamos el mundo que nos rodea.
Amira asintió.
—Eso suena mucho mejor que pedir siempre libros nuevos que tienen que viajar tan lejos.
—Exactamente —dijo Elara—. Se trata de mantener los libros en movimiento y convertirlos en parte de una gran historia compartida. Todos vosotros sois parte de esa historia. No se trata solo de leer un libro, sino de pasarlo para que otra persona también pueda disfrutarlo. Y todo esto sucede aquí mismo, en nuestra escuela.
—¿Pero cómo funciona exactamente? —preguntó Pablo, sosteniendo un libro entre las manos—. ¿De verdad vienen libros de todos los países?
—¡Sí! —respondió Elara alegremente—. El armario atrae los libros que necesitáis. ¿Un libro de Francia que os interesa? Puede que mañana os esté esperando aquí. ¿Un libro en alemán que siempre habéis buscado? Quizá otro niño lo haya dejado aquí. ¿Y sabéis qué es lo mejor? Es sencillo. Podéis coger un libro en cualquier momento: en el recreo, después de clase o los lunes. Es fácil, rápido y sostenible.
Ahora los niños observaban con curiosidad los títulos del armario. Algunos hojeaban las páginas, otros hacían preguntas sobre las historias que pronto descubrirían.
—Y recordad —añadió Elara—: cuántos más libros traigáis, más libros nuevos llegarán. Y cada vez que un libro regresa, trae consigo un pequeño viaje. Tal vez pasó un año en Francia antes de volver aquí, a España. Es un sistema mágico en el que todos ganan.
Mientras los niños colocaban alegremente sus libros en el armario, sacaban otros nuevos y se contaban sus descubrimientos, Elara observaba todo con satisfacción. El armario estaba vivo. Los libros viajaban, ya no por el mundo entero, sino de mano en mano, de recreo en recreo, de año en año.
Algunos libros ya habían recorrido un largo camino. Quizá una vez volaron de Alemania a España, pasaron un año en Francia y ahora regresaban para ser descubiertos por un nuevo niño. Pero ahora ya no necesitaban largos vuelos de lechuzas. Simplemente se compartían.
Elara extendió lentamente sus alas.
Menos vuelos.
Más intercambio.
Más compartir.
Más alegría.
Así, las lechuzas mensajeras se veían aliviadas, los libros se volvían más felices y las historias más ricas. Y el Armario Mágico de Libros de la Escuela Europea de Alicante se convirtió en un lugar donde los idiomas se encontraban, las distancias se acortaban y muchos libros individuales formaban una gran historia compartida.
¿Y Elara?
Ella sonrió… porque a veces el mejor viaje es el que hacemos juntos. ✨

The Owl and the Magic Book Cupboard of the European School Alicante
At the European School in Alicante, the morning began as it so often did: the sun was already high in the sky, and the playground was full of cheerful activity. But high up in the tree next to the ping-pong table, an owl sat, shaking her head thoughtfully.
It was Elara.
Elara was no ordinary owl. She was a postal owl. For many years, she had watched books travel across the world. And lately, she had noticed something strange: everywhere she looked, she saw other postal owls flying by. With heavy bags. Full of books. Books flying from Germany to Spain, from Spain to France, and then back again – sometimes even along the exact same route once more.
Elara thought it was wonderful that so much reading was happening. Books were something very special, after all. She loved stories, no matter which language they were written in: German, English, Spanish, or French. But she began to wonder more and more whether all these long flights were really necessary.
Why should so many owls fly such long distances when the books were already there?
Why should the same books travel back and forth when they could simply be passed from child to child?
Thoughtfully, Elara looked down at the playground. Near the entrance stood new, colourful cupboards. And in that moment, she knew: this was a cupboard that did not hold ordinary books. It was something magical – anyone who had ever looked at it could feel that.
Today was the day the children would finally learn the story behind this cupboard. Elara, who had always watched over it, fluttered onto a tree branch and looked at the children with her sharp, wise eyes.
“My name is Elara, the guardian of this cupboard, and today I want to share a secret with you,” she began, her voice as calm and wise as the wind rustling through the leaves.
“I have heard that many of you sometimes find it difficult to get a book in your mother tongue. You come from many different countries – maybe you speak Spanish, English, German, or French – and although you can borrow a new book from the school library every week, it is often not exactly what you are looking for. And then there is all the energy it takes to send books back and forth over long distances – from Germany to Spain and back again. Isn’t that a little crazy?”
The children nodded. Amira, who had just moved from Germany to Alicante, often wondered why books from her home country always had to be ordered, even though they could be right there.
“That’s exactly it,” Elara continued. “Why all this effort? Why keep bringing books from far away when we can share them right here?”
The owl glided down gracefully and landed in front of the cupboard. “Look at this cupboard,” she said. “It is the key to a much better idea. Instead of ordering books that travel across countries, we can share them. You can come anytime during breaks or after school to take a book or leave one behind. That way, books move from hand to hand – without having to fly around the world for hours.”
The children stared at the cupboard, fascinated by its colourful spines and many different titles. Elara went on: “Every Monday, when you bring books you no longer need, you can discover new stories. You can take a book whenever you like – during break, at lunchtime, or after school. And when you’ve finished reading it, you return it – for the next child who might need it.”
Luis, who loved adventure stories, looked at a book he had never seen before. “But what if I return it and someone else wants the same book?”
“That’s the real magic!” Elara exclaimed, spreading her wings. “The more you exchange books, the more this cupboard becomes a place of sharing. A book from Germany might end up here in Spain – and perhaps someone in France will read it before it comes back! And best of all: you are saving resources and protecting the planet by avoiding unnecessary transport. Why send books across countries when they can be shared right here? It’s not only about reading – it’s about caring for our world.”
Amira nodded. “That sounds much better than always ordering new books that have to travel so far.”
“Exactly,” said Elara. “It’s about keeping books moving and making them part of one big shared story. You are all part of that story. It’s not just about reading a book, but about passing it on so someone else can enjoy it too. And all of this happens right here, at our school.”
“But how does it work exactly?” asked Pablo, holding a book in his hands. “Do books really come from all countries?”
“Yes!” Elara replied cheerfully. “The cupboard attracts exactly the books you need. A book from France? It might be here tomorrow. A German book you’ve been looking for? Another child may have left it here. And the best part is: it’s simple. You can take a book anytime – during breaks, after lessons, or on Mondays. Easy, quick, and sustainable.”
The children looked curiously at the titles. Some flipped through pages, others talked excitedly about the stories.
“And remember,” Elara added, “the more books you give, the more new ones arrive. And every time a book comes back, it has a journey behind it. Maybe it spent a year in France before returning to Spain. It’s a magical system where everyone benefits.”
As the children happily placed books in the cupboard, took new ones out, and shared their discoveries, Elara watched with satisfaction. The cupboard was alive. Books were travelling – not across the world, but from hand to hand, from break to break, from year to year.
Some books had already travelled far. Perhaps they once flew from Germany to Spain, spent a year in France, and now returned to be discovered again. But now, they no longer needed long owl flights. They were simply shared.
Elara slowly spread her wings.
Less flying.
More exchanging.
More sharing.
More joy.
And so the postal owls were relieved, the books became happier, and the stories richer. The Magic Book Cupboard of the European School Alicante became a place where languages met, distances grew shorter, and many individual books turned into one big shared story.
And Elara?
She smiled – because sometimes the best journey is the one we make together.

Le Hibou et l’Armoire Magique à Livres de l’École européenne d’Alicante
À l’École européenne d’Alicante, le matin commençait comme souvent : le soleil était déjà haut dans le ciel et la cour de récréation bourdonnait de vie. Mais tout en haut, dans l’arbre près de la table de ping-pong, un hibou était perché et secouait la tête d’un air pensif.
C’était Elara.
Elara n’était pas un hibou ordinaire. C’était un hibou postier. Depuis de nombreuses années, elle observait le voyage des livres à travers le monde. Et dernièrement, elle avait remarqué quelque chose d’étrange : partout, elle voyait d’autres hiboux postiers voler avec de lourdes sacoches, pleines de livres. Des livres qui allaient d’Allemagne en Espagne, d’Espagne en France, puis repartaient dans l’autre sens – et parfois faisaient exactement le même trajet encore une fois.
Elara trouvait merveilleux que l’on lise autant. Les livres étaient quelque chose de très précieux. Elle aimait les histoires, quelle que soit la langue dans laquelle elles étaient écrites : en allemand, en anglais, en espagnol ou en français. Mais de plus en plus souvent, elle se demandait si tous ces longs vols étaient vraiment nécessaires.
Pourquoi tant de hiboux devaient-ils voler si loin, alors que les livres étaient déjà là ?
Pourquoi les mêmes livres devaient-ils voyager sans cesse, alors qu’ils pourraient simplement passer d’enfant en enfant ?
Pensivement, Elara regarda la cour de l’école. Près de l’entrée se trouvaient de nouvelles armoires colorées. Et à cet instant, elle sut que ce n’était pas une armoire ordinaire. Elle contenait quelque chose de magique – cela, tous ceux qui y avaient déjà jeté un coup d’œil le savaient.
Mais aujourd’hui était le jour où les enfants allaient enfin découvrir l’histoire de cette armoire. Le hibou Elara, qui veillait sur elle depuis toujours, se posa sur une branche et fixa les enfants de ses yeux perçants.
« Je m’appelle Elara, la gardienne de cette armoire, et aujourd’hui je voudrais vous révéler un secret », commença-t-elle, d’une voix calme et sage comme le vent dans les feuilles.
« J’ai entendu dire que beaucoup d’entre vous ont parfois du mal à trouver un livre dans leur langue maternelle. Vous venez de tant de pays différents – vous parlez peut-être espagnol, anglais, allemand ou français – et même si vous pouvez emprunter un nouveau livre chaque semaine à la bibliothèque de l’école, il manque souvent celui qui vous intéresse vraiment. Sans parler de toute l’énergie nécessaire pour envoyer des livres sur de longues distances – de l’Allemagne à l’Espagne et retour. N’est-ce pas un peu fou ? »
Les enfants hochèrent la tête. Amira, qui venait tout juste de déménager d’Allemagne à Alicante, se demandait souvent pourquoi elle devait toujours commander un livre de son pays natal, alors qu’il pourrait très bien être disponible sur place.
« Exactement », poursuivit Elara. « Pourquoi tous ces efforts ? Pourquoi aller chercher des livres si loin, alors que nous pouvons les partager ici ? »
Le hibou s’envola gracieusement de sa branche et atterrit juste devant l’armoire.
« Regardez cette armoire », dit-elle. « Elle est la clé d’une bien meilleure idée. Au lieu de commander sans cesse des livres qui voyagent à travers des pays entiers, nous pouvons les partager entre nous. Vous pouvez venir à tout moment, pendant les récréations ou après l’école, pour prendre un livre ou en déposer un autre. Ainsi, les livres peuvent passer de main en main – sans parcourir des milliers de kilomètres. »
Les enfants regardaient l’armoire avec fascination ; elle était remplie de dos colorés et de titres très variés. Elara expliqua :
« Chacun de vous a la possibilité de découvrir de nouvelles histoires chaque lundi, lorsque vous rendez vos propres livres. Vous pouvez en prendre un quand vous le souhaitez : pendant la récréation, à midi ou après les cours. Et quand vous l’avez terminé, vous le rapportez – pour le prochain enfant qui en aura peut-être envie. »
Luis, grand amateur d’histoires d’aventure, regarda un livre qu’il n’avait jamais vu auparavant.
« Mais si je le rends et que quelqu’un d’autre veut exactement le même livre ? »
« C’est là que réside la vraie magie ! » s’exclama Elara en déployant ses ailes.
« Plus vous échangez de livres, plus cette armoire devient un lieu de partage. Un livre venant d’Allemagne peut arriver ici, en Espagne – et peut-être sera-t-il lu ensuite par quelqu’un en France avant de revenir ! Mais le plus important, c’est que vous aidez tous à préserver les ressources, sans fatiguer la planète avec des transports inutiles. Pourquoi envoyer des livres d’un pays à l’autre, alors qu’on peut les partager sur place ? Il ne s’agit pas seulement de lire un livre, mais aussi de réfléchir à la manière dont nous voulons organiser le monde de façon durable. »
Amira acquiesça.
« C’est vraiment mieux que de commander sans cesse de nouveaux livres qui voyagent partout. »
« Exactement », répondit Elara. « Il s’agit de mettre les livres en mouvement, de les intégrer dans une grande histoire commune. Vous faites tous partie de cette histoire ! Il ne s’agit pas seulement de lire, mais aussi de transmettre, pour que quelqu’un d’autre puisse en profiter. Et tout cela se passe ici, dans notre école. »
« Mais comment ça fonctionne exactement ? » demanda Pablo, un autre élève qui tenait un livre dans ses mains.
« Est-ce que des livres de tous les pays arrivent vraiment ici ? »
« Oui ! » répondit Elara joyeusement.
« L’armoire attire les livres dont vous avez besoin. Un livre français qui vous intéresse ? Il vous attend peut-être déjà demain dans cette armoire. Ou un livre allemand que vous cherchiez depuis longtemps – un autre enfant l’a peut-être déposé ici. Et le mieux dans tout ça ? C’est simple. Vous pouvez prendre un livre à tout moment – pendant la récréation, après les cours ou le lundi quand vous rendez les vôtres. C’est facile, rapide et durable. »
Les enfants commencèrent alors à regarder les titres avec curiosité. Certains feuilletaient les pages, d’autres posaient des questions sur les histoires qu’ils allaient bientôt découvrir.
« Et souvenez-vous », ajouta Elara, « chaque semaine, de nouveaux livres peuvent arriver, surtout si vous en déposez. Et chaque fois qu’un livre revient, il a vécu une petite aventure. Peut-être a-t-il passé une année en France avant de revenir ici, en Espagne – et ainsi, il poursuit toujours son voyage. C’est un système magique dont tout le monde profite ! »
Tandis que les enfants déposaient joyeusement leurs livres dans l’armoire, en prenaient de nouveaux et se racontaient leurs découvertes, Elara observait la scène avec satisfaction. L’armoire vivait. Les livres voyageaient – non plus à travers le monde, mais de main en main, de récréation en récréation, d’année en année.
Certains livres avaient déjà fait un long voyage. Peut-être avaient-ils autrefois volé d’Allemagne jusqu’en Espagne, passé une année en France, et revenaient maintenant pour être découverts par un nouvel enfant. Mais désormais, ils n’avaient plus besoin de longs vols de hiboux. Ils étaient simplement partagés.
Elara déploya lentement ses ailes.
Moins de vols.
Plus d’échanges.
Plus de partage.
Plus de joie.
Ainsi, les hiboux postiers furent soulagés, les livres plus heureux et les histoires plus riches. Et l’Armoire Magique à Livres de l’École européenne d’Alicante devint un lieu où les langues se rencontraient, où les chemins devenaient plus courts et où, à partir de nombreux livres, naissait une grande histoire commune.
Et Elara ?
Elle sourit – car parfois, le plus beau voyage est celui que l’on fait ensemble.

Die Eule und der Magische Bücherschrank der Europäischen Schule Alicante
An der Europäischen Schule in Alicante begann der Morgen wie so oft: Die Sonne stand schon früh hoch am Himmel, und auf dem Schulhof war fröhliches Treiben. Doch hoch oben, auf dem Baum an der Pingpong Platte, saß eine Eule und schüttelte nachdenklich den Kopf.
Es war Elara.
Elara war keine gewöhnliche Eule. Sie war eine Posteule. Seit vielen Jahren beobachtete sie den Weg der Bücher durch die Welt. Und in letzter Zeit hatte sie etwas Merkwürdiges bemerkt: Überall sah sie andere Posteulen fliegen. Mit schweren Taschen. Voller Bücher. Bücher, die von Deutschland nach Spanien flogen, von Spanien nach Frankreich, von dort wieder zurück – und manchmal genau den gleichen Weg noch einmal.
Elara fand es wunderbar, dass so viel gelesen wurde. Bücher waren schließlich etwas ganz Besonderes. Sie liebte Geschichten, egal in welcher Sprache sie geschrieben waren: auf Deutsch, Englisch, Spanisch oder Französisch. Aber sie fragte sich immer öfter, ob all diese langen Flüge wirklich nötig waren.
Warum sollten so viele Eulen so weit fliegen, wenn die Bücher doch schon da waren?
Warum sollten gleiche Bücher immer wieder hin- und herreisen, wenn sie auch einfach von Kind zu Kind weitergegeben werden konnten?
Nachdenklich blickte Elara hinunter auf den Schulhof. Dort standen im Eingangsbereich neue, bunte Schränke. Und in diesem Moment wusste sie: Es war ein Schrank, der keine gewöhnlichen Bücher beinhaltete. Er war etwas Magisches, das wusste jeder, der schon einmal einen Blick auf ihn geworfen hatte.
Doch heute war der Tag, an dem die Kinder endlich die Geschichte hinter diesem Schrank erfahren sollten. Die Eule Elara, die schon immer über den Schrank wachte, flatterte auf den Ast eines Baumes und blickte den Kindern mit ihren scharfen Augen entgegen.
„Ich heiße Elara, die Hüterin dieses Schrankes, und heute möchte ich euch ein Geheimnis verraten“, begann sie, und ihre Stimme war so ruhig und weise wie der Wind, der durch die Blätter wehte.
„Ich habe gehört, dass viele von euch es manchmal schwer haben, ein Buch in eurer Muttersprache zu finden. Ihr kommt aus so vielen verschiedenen Ländern – vielleicht sprecht ihr Spanisch, Englisch, Deutsch oder Französisch – und obwohl ihr jede Woche in der Schulbibliothek ein neues Buch ausleihen könnt, fehlt oft das, was euch wirklich interessiert. Ganz abgesehen davon, wie viel Energie es braucht, immer wieder Bücher über weite Strecken zu verschicken – von Deutschland nach Spanien und zurück. Ist das nicht verrückt?“
Die Kinder nickten zustimmend. Amira, die gerade erst aus Deutschland nach Alicante gezogen war, fragte sich immer wieder, warum sie ein Buch aus ihrer Heimat immer erst aufwändig bestellen musste, obwohl es doch direkt vor Ort sein könnte.
„Genau das“, fuhr Elara fort, „warum all diese Mühe? Warum immer wieder Bücher aus der Ferne holen, wenn wir sie direkt hier teilen können?“
Die Eule schwang sich elegant von ihrem Ast und landete direkt vor dem Schrank. „Schaut euch diesen Schrank an“, sagte sie. „Er ist der Schlüssel zu einer viel besseren Idee. Anstatt jedes Mal Bücher zu bestellen, die dann durch ganze Länder reisen, können wir Bücher miteinander teilen. Ihr könnt jederzeit in den Pausen oder nach der Schule kommen, um ein Buch zu nehmen oder ein anderes zurückzulassen. So können sich Bücher immer wieder von Hand zu Hand bewegen – ohne dass sie stundenlang durch die Welt reisen müssen.“
Die Kinder starrten fasziniert auf den Schrank, der mit bunten Buchrücken und verschiedensten Titeln gefüllt war. Elara erklärte weiter: „Jeder von euch hat die Möglichkeit, jeden Montag, wenn ihr eure eigenen Bücher abgebt, neue Geschichten zu entdecken. Ihr könnt ein Buch mitnehmen, wenn ihr Lust habt, in der Pause, beim Mittagessen oder nach der Schule. Und wenn ihr es durchgelesen habt, gebt es wieder zurück – für den nächsten, der es vielleicht braucht.“
Luis, der immer ein großer Fan von Abenteuergeschichten war, schaute sich ein Buch an, das er noch nie zuvor gesehen hatte. „Aber was, wenn ich es wieder zurückgebe und jemand anderes genau das gleiche Buch haben möchte?“
„Das ist der wahre Zauber!“, rief Elara und breitete ihre Flügel aus. „Je mehr Bücher ihr eintauscht, desto mehr wird der Schrank ein Ort des Austauschs. Ein Buch aus Deutschland kann zum Beispiel hier in Spanien landen – und vielleicht wird es jemand in Frankreich lesen, bevor es zurückkommt! Aber das Beste daran: Ihr alle helft dabei, die Ressourcen zu schonen, und das, ohne den Planeten mit unnötigen Transportwegen zu belasten. Warum sollten Bücher von einem Land ins andere geschifft werden, wenn sie direkt vor Ort geteilt werden können? Es geht nicht nur darum, das Buch zu lesen, sondern auch darum, wie wir die Welt um uns herum nachhaltig gestalten können.“
Amira nickte. „Das klingt wirklich viel besser als immer nur neue Bücher zu bestellen, die dann weit herumreisen müssen.“
„Ganz genau“, sagte Elara. „Es geht darum, die Bücher in Bewegung zu bringen, sie zu einem Teil einer großen, gemeinsamen Geschichte. Ihr seid alle Teil dieser Geschichte! Es geht nicht nur darum, ein Buch zu lesen, sondern auch darum, es weiterzugeben, damit jemand anderes es ebenfalls genießen kann. Und das alles passiert direkt hier, in unserer Schule.“
„Aber wie funktioniert das genau?“, fragte Pablo, ein anderer Schüler, der gerade ein Buch in den Händen hielt. „Kommen wirklich alle Bücher aus allen Ländern zu uns?“
„Ja!“, antwortete Elara fröhlich. „Der Schrank zieht Bücher an, die genau das sind, was ihr braucht. Ein Buch aus Frankreich, das euch interessiert? Es könnte schon morgen in diesem Schrank auf euch warten. Oder ein deutsches Buch, das ihr immer gesucht habt – es könnte von einem anderen Kind hier abgelegt worden sein. Und wisst ihr, was das Beste daran ist? Es ist unkompliziert. Ihr könnt jederzeit ein Buch nehmen – in der Pause, nach dem Unterricht oder am Montag, wenn ihr eure eigenen Bücher abgebt. Es ist einfach, schnell und nachhaltig.“
Die Kinder schauten sich jetzt neugierig die Titel im Schrank an. Einige durchblätterten die Seiten, andere stellten Fragen zu den Geschichten, die sie bald entdecken würden.
„Und denkt daran“, fügte Elara hinzu, „jede Woche können neue Bücher kommen, je mehr ihr abgebt. Und jedes Mal, wenn ein Buch zurückkehrt, hat es eine kleine Reise hinter sich. Vielleicht hat es ein Jahr lang in Frankreich verbracht, bevor es hierher nach Spanien zurückkehrt – und so wird es immer wieder ein Stück weiterreisen. Es ist ein magisches System, bei dem alle profitieren!“
Als die Kinder fröhlich ihre Bücher in den Schrank stellten, neue herausnahmen und sich gegenseitig davon erzählten, beobachtete Elara alles mit zufriedenen Augen. Der Schrank lebte. Die Bücher wanderten – nicht mehr weit durch die Welt, sondern von Hand zu Hand, von Pause zu Pause, von Jahr zu Jahr.
Manche Bücher hatten schon eine lange Reise hinter sich. Vielleicht waren sie einmal aus Deutschland nach Spanien geflogen, hatten ein Jahr in Frankreich verbracht und kehrten nun zurück, um von einem neuen Kind entdeckt zu werden. Doch nun brauchten sie dafür keine langen Eulenflüge mehr. Sie wurden einfach weitergegeben.
Elara breitete langsam ihre Flügel aus.
Weniger Fliegen, dachte sie.
Mehr Tauschen.
Mehr Teilen.
Mehr Freude.
So wurden die Posteulen entlastet, die Bücher glücklicher und die Geschichten reicher. Und der Magische Bücherschrank der Europäischen Schule Alicante wurde zu einem Ort, an dem Sprachen sich begegneten, Wege kürzer wurden und aus vielen einzelnen Büchern eine große gemeinsame Geschichte entstand.
Und Elara?
Sie lächelte – denn manchmal ist die beste Reise die, die man gemeinsam macht.

"Las historias de Elara"
Responsable AMPA
sostenibilidad@ampaescuelaeuropea.com





